"Frente a los hechos de violencia que ocurren no debemos dejarnos llevar por quienes provocan a la violencia". Fernando de la Rúa
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 50 segs)
Ya
comenté en mi anterior entrada que he estado trabajando unos cuantos
días en el marco de mi última actividad referenciada en mi CV. Esta
vez la tarea era sencilla, acompañabamos a los conductores de
autobuses interurbanos en Madrid y observábamos el funcionamiento de
las máquinas a bordo para validar billetes. Si todo funciona bien,
nuestro trabajo se limita a estar sentados durante horas haciendo el
mismo trayecto una y otra vez sin ningún aliciente.
“Afortunadamente” no siempre ha ido bien y hemos tenido unas
cuantas incidencias que han hecho el trabajo más interesante y el
paso del tiempo más ameno.
El
martes pasado, mientras hacía el enésimo viaje del día, un viajero
se subió y empezó a despotricar contra el servicio de autobuses. En
esta ocasión no hemos estado identificados de cara al público (no
llevamos chaleco del Consorcio de Transportes de Madrid ni
acreditación), por tanto pude mantenerme al margen en principio. El
conductor intentó calmar el ambiente recordándole que hay cauces
para poner quejas y que gritar a un empleado no soluciona nada, a lo
que el hombre se soliviantó más y pasó a insultos cada vez más
agresivos.
El
conductor se limitaba a recordarle donde poner una queja. Pronto los
insultos se hicieron extensibles a mi, que en silencio tomaba notas
del mal funcionamiento de una de las validadoras, pues ya era
evidente que estaba haciendo una función dentro del sistema de
transportes. Y al poco de incluirme en los insultos surgió una
amenaza, “como vaya os doy una patada en la boca”. Me mantenía
en silencio, manteniendo el control, haciendo mi trabajo, sin mover
la vista del funcionamiento de las máquinas, pero con la sangre
hirviendo por dentro.
Doy
fe de que desde que subí al autobús a las 7.20 de la mañana, hasta
las 12.30 de este incidente, no habíamos podido parar ni para
estirar las piernas o ir al baño, las idas y vueltas se sucedían
sin descanso (se mantendría esa tónica hasta las 14.45). Un tráfico
difícil y una planificación poco adecuada para repasar la pintura
de las calles de Leganés hizo que el servicio fuese con un retraso
constante de 2 minutos, algo nimio pero que suponía la imposibilidad
de descansar en las cabeceras de linea. Un minuto ganado en seguida
se perdía por un coche mal aparcado, manteniendo la brecha temporal
inamovible y llegando siempre 1 o 2 minutos tarde a cada parada. Nada
importante salvo para este viajero con ganas de bronca.
Sin
duda, ha sido uno de los momentos más tensos de mi experiencia cara
al público, pero no ha dejado de ser enriquecedor saber que si
mantienes el control los problemas no suelen ir a más.
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