"El hombre hace
menos de lo que debería, a menos que haga todo lo que puede."
Thomas Carlyle.
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 15 segs)
En el
gimnasio al que voy deben echarme de menos. Soy incapaz de hacer un
entrenamiento normal con altas temperaturas y, con el calor de las
últimas semanas, sólo ha estado siendo viable ir o a última hora
de la tarde (que de momento coincide con el master y varios cursos) o
a primera hora de su mañana, que es distinta de mi
primera hora. Para aprovechar el tiempo, y no partir la mañana en
dos, he tenido que prescindir del entorno controlado, amigos animosos
y de un monitor implacable controlando mis ejercicios. A cambio estoy
educándome en el hábito de levantarme a las 6.30, enfundarme las
deportivas y salir a trotar un rato.
A pesar de
que uno piensa que a esas horas va a tener que ir poniendo las
calles, hay cierto movimiento. Dado que vivo cerca de la estación de
Cercanías veo a mucha gente que va o viene de trabajar pero, según
me acerco al parque, los trajes y la ropa formal se van transformando
en ropa deportiva. Es sorprendente la cantidad de gente a la que el
amanecer le coge haciendo ejercicio.
En este
parque hay una zona con una fuente y varias estructuras para hacer
abdominales y dominadas, un sitio resguardado entre árboles donde
más de uno hacemos parada para tomar un respiro. Después de semanas
viendo casi las mismas caras, surgen charlas. Hay un chico de mi edad
que siempre va con su perro, un enérgico Braco Alemán de pelo corto, y que me
ha comentado más de una vez que lleva tres años en paro y que se ha
dado por vencido a la hora de buscar trabajo. Mientras lo dice su
perro para de jugar y saltar y se tumba, como si entendiera. A mi me
pasa al contrario que al simpático can, cuando empiezo a trotar de nuevo, mi cuerpo me
pide correr a más velocidad y trabajar más duro al llegar a casa.
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