"No
hay buen líder sin bien común” Doménico Cieri Estrada
(tiempo
de lectura medio estimado: 1 min y 20 segs)
Esta
entrada tiene mucho que ver con la entrada del liderazgo de hace unas
semanas (parte 1 y parte 2). Muchas empresas
españolas, al igual que las grandes empresas de países occidentales,
empiezan a valorar ciertos aspectos que antes no eran considerados en
absoluto.
Es
sobradamente conocido en el mundo de la psicología que en el
correcto funcionamiento de un grupo, por pequeño que sea, suele
surgir un líder de forma natural. Es bueno para avanzar cuando la
dinámica de grupo se estanca. En mis anteriores posts defendía que
el puesto de jefe hay que ganárselo con un liderazgo propio y no por
una situación meramente jerárquica. Durante el máster MBA, y uno de coaching empresarial que hice después, me di cuenta de que se trabaja porque el jefe sea a la vez líder para que una empresa o un departamento sea plenamente funcional
y no pierda el tiempo con roces entre sus miembros. Eso se traduce en
mejores cuentas de resultado por el aumento de la productividad y en
trabajadores más felices (menos bajas laborales y más compromiso
general, una alta rotación de personal, especialmente los más
cualificados, puede suponer costes considerables).
Aunque
puedo adaptarme a prácticamente cualquier situación, tiendo a no
disputar el liderazgo, me gusta ser eficiente y las funciones de un líder suelen interferir con la posibilidad de dedicar horas
ininterrumpidas al trabajo. Tomándome cierta libertad literaria,
hasta ahora he tenido suerte, mis jefes han sido buenos líderes y
han tratado a su equipo como parte de la manada, moviéndose hacia un
bien común donde todos eramos parte de un equipo, y no como ovejas
donde ellos son el lobo moviéndose por interés propio en una especie
de “buffet libre”. Esto, que puede parecer un gesto ajeno a las
funciones propias de una empresa, puede ser la clave para evitar que
las rencillas internas sean las causantes de números rojos. Y eso sí
es una función propia de una empresa.