"Procuro ser siempre muy puntual, pues he observado que los defectos de
una persona se reflejan muy vivamente en la memoria de quien la espera."
Nicolas Boileau-Despréaux.
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 30 segs)
Este fin de semana he vuelto a viajar, mitad placer y mitad huir de las fiestas de Leganés. Como contrapunto he visitado el Parque Arqueológico de Segóbriga, en Cuenca, antiguo asentamiento romano con un circo y un anfiteatro muy bien conservados, y con un trabajo en activo por seguir descubriendo estructuras romanas del asentamiento. Me vine con la experiencia de sentir un ligero escalofrío al asomarme al habitáculo donde se supone guardaban a las bestias.
El tema es otro. Suelo ser cuidadoso, casi puntilloso, con los horarios, y el viernes estaba en Atocha 15 minutos antes de que saliese mi tren (antes solía estar bastante antes, pero contando que hay tren directo desde la estación a un par de minutos de mi casa, fui puliendo los tiempos de espera). En cuanto anunciaron el anden del tren ya estaba preparado, y poco después estaba en mi asiento leyendo.
Con el tren ya en movimiento apareció una mujer joven con su hija. Se sentó y empezó a hablar por el móvil contándole a alguien que por hablar con el móvil se había confundido de anden y casi pierde el tren. La cobertura en el trayecto hasta Alcázar de San Juan no está siempre disponible, y con evidentes comentarios de fastidio dejó de hablar por el teléfono, había perdido la conexión.
Yo era el pasajero más cercano, y llamó mi atención (que en parte ya tenía por su conversación constante en voz bastante alta y mi aburrimiento) y me preguntó, con la cara desencajada que si ya nos habíamos pasado determinada estación. Que no se había dado cuenta, quejándose de que no había ningún aviso. Casualmente su destino era el mismo que el mio y no se había pasado, pero le comenté que estuviese atenta a megafonía, o a mi mismo, para bajarse. Cuando me tocó bajar ya estaba hablando por el móvil, entre risas y comentarios cariñosos, y tuve que interrumpirla para avisarla de la llegada a destino.
Bajé del tren contento por mi sentido de la puntualidad que no llega a manía pero por poco, pero que me suele hacer prestar atención a los detalles (algunos tan sutiles como una voz potente por megafonía), muy útil para no llegar tarde. Y para no pasarme de parada.
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