lunes, 4 de mayo de 2015

Tapas

"Pensamos en generalidades, pero vivimos en detalles." Alfred North Whitehead

(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 55 segs)


Este fin de semana he estado de viaje, y el sábado por la noche salimos a tomar algo. Gracias a la Feria de los Sabores que atraía a un gran número de personas a una de las plazas centrales de la ciudad, los bares y restaurantes estaban medio vacíos, lejos de las aglomeraciones típicas y dando opción a elegir donde cenar tranquilamente.

En el segundo bar la terraza estaba medio llena pero el local estaba vacío y nos quedamos dentro para tener más tranquilidad. Pedimos la bebida y cogimos la hoja con las raciones para ir viendo que elegir. Justo después de que nos trajeran las dos cañas una de las camareras trajo dos platos, en cada uno de ellos había dos miniperritos y dos empanadillas. Nosotros eramos dos, y nos quedamos un poco sorprendidos al principio ante tanta cantidad, pero asumimos que tenían mucho menos volumen de negocio de lo normal debido al evento gastronómico en el centro y querían dar salida a lo que ya tenían preparado. Idea que me pareció lógica pues estaba claro que el aperitivo no estaba recién hecho y siempre es mejor tener un detalle con el cliente que tirar existencias al final de la jornada. Si has cometido un fallo de cálculo que no se puede subsanar, transfórmalo en marketing y trata de amortizar los posibles costes del error.

Estábamos enfrascados en una amena conversación, con las cañas a medias y dispuestos a pedir algo de cena con la siguiente bebida cuando vino otra de las camareras, se plantó con los brazos en jarra y nos espetó: “¿No habéis notado nada raro?”. Lo primero que se me ocurrió es que le habían echado algún ingrediente nuevo a las empanadillas y estaba buscando opiniones del cliente. Ambos dijimos que no. “Tenéis dos aperitivos y sólo os corresponde uno”. Mientras lo decía miraba los platos, ahora medio vacíos, que nos había traído su compañera. Nos quedamos completamente atónitos, y mi acompañante acertó a decir “bueno, nos los han traído a la vez”. A lo que la camarera respondió hoscamente: “ya da igual, os lo podéis comer”.

No se si su intención era recuperar lo aprovechable para montar un aperitivo nuevo y restablecer algún absurdo equilibrio, escenificar algún numerito de cara a abroncar a su compañera o si pretendía recriminarnos que no hubiéramos devuelto uno de los platos (algo ridículo porque ni soy un habitual para saber que es lo normal, ni es mi trabajo mirar que le ponen a otros para decir a un camarero qué tiene que hacer). Pero lo cierto es que sólo consiguió incomodarnos, que pagásemos las dos cañas e irnos al poco sin consumir nada más. Finalmente cenamos algo en un tercer bar.

Por cosas así un negocio perfectamente viable puede ir cuesta abajo.

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