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Este
fin de semana he estado de viaje, y el sábado por la noche salimos
a tomar algo. Gracias a la Feria de los Sabores que atraía a un gran
número de personas a una de las plazas centrales de la ciudad, los
bares y restaurantes estaban medio vacíos, lejos de las
aglomeraciones típicas y dando opción a elegir donde cenar
tranquilamente.
En el
segundo bar la terraza estaba medio llena pero el
local estaba vacío y nos quedamos dentro para tener más
tranquilidad. Pedimos la bebida y cogimos la hoja con las raciones
para ir viendo que elegir. Justo después de que nos trajeran las dos
cañas una de las camareras trajo dos platos, en cada uno de ellos
había dos miniperritos y dos empanadillas. Nosotros eramos dos, y
nos quedamos un poco sorprendidos al principio ante tanta cantidad,
pero asumimos que tenían mucho menos volumen de negocio de lo normal
debido al evento gastronómico en el centro y querían dar salida a
lo que ya tenían preparado. Idea que me pareció lógica pues estaba
claro que el aperitivo no estaba recién hecho y siempre es mejor
tener un detalle con el cliente que tirar existencias al final de la
jornada. Si has cometido un fallo de cálculo que no se puede
subsanar, transfórmalo en marketing y trata de amortizar los
posibles costes del error.
Estábamos enfrascados en una amena conversación, con las cañas a medias y
dispuestos a pedir algo de cena con la siguiente bebida cuando vino
otra de las camareras, se plantó con los brazos en jarra y nos
espetó: “¿No habéis notado nada raro?”. Lo primero que se me
ocurrió es que le habían echado algún ingrediente nuevo a las
empanadillas y estaba buscando opiniones del cliente. Ambos dijimos
que no. “Tenéis dos aperitivos y sólo os corresponde uno”.
Mientras lo decía miraba los platos, ahora medio vacíos, que nos
había traído su compañera. Nos quedamos completamente atónitos, y
mi acompañante acertó a decir “bueno, nos los han traído a la
vez”. A lo que la camarera respondió hoscamente: “ya da igual, os
lo podéis comer”.
No se
si su intención era recuperar lo aprovechable para montar un
aperitivo nuevo y restablecer algún absurdo equilibrio, escenificar
algún numerito de cara a abroncar a su compañera o si pretendía
recriminarnos que no hubiéramos devuelto uno de los platos (algo
ridículo porque ni soy un habitual para saber que es lo normal, ni
es mi trabajo mirar que le ponen a otros para decir a un camarero qué
tiene que hacer). Pero lo cierto es que sólo consiguió
incomodarnos, que pagásemos las dos cañas e irnos al poco sin
consumir nada más. Finalmente cenamos algo en un tercer bar.
Por
cosas así un negocio perfectamente viable puede ir cuesta abajo.
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