(Tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 10 segs)
Esto empieza en el día 0.
Cogemos el autobús por la noche con la intención de llegar a Oviedo de madrugada... El Camino Primitivo es, según dicen, de los más duros, "apenas" 210 km de espectaculares paisajes. Es bastante más corto que otras variantes pero es durillo, con un perfil de subidas y bajadas del que ya me avisaron mientras me sacaba las credenciales.
En el autobus voy nervioso, como un niño con zapatos nuevos. Apenas duermo un par de horas acurrucado en mi no del todo cómodo asiento, tampoco ayuda la rotunda señora de al lado que me empuja contra el pasillo en su profundo sueño. Pero la verdadera razón de estar despierto es que me apasiona la sensación de enfrentar nuevos retos, de experimentar nuevas emociones. No puedo evitar ser tan intenso. No me convencen los mares en calma.
Hacemos tiempo en la ciudad, no vamos a dormir y acabamos por salir de noche, con ganas de avanzar rápido... Cruzamos las primeras aldeas de las afueras en plena noche, a buen ritmo, pero pasan las horas y acabamos por chocar contra nuestra resistencia en Grado, con 30 km de etapa y 4 km de turisteo madrugador a nuestras espaldas. Nos venimos un poco abajo al descubrir que no hay albergue y que tenemos que andar otros 3 km por una cuesta empinada para encontrar una ansiada litera en la que reponer horas de sueño.
Casi
abrazo a un señor de sonrisa comprensiva cuando se ofrece a
llevarnos con su propio coche hasta arriba.
Por mucho que el albergue estuviera lleno, las camas fueran incomodas o sólo hubiera un par de duchas para la veintena de personas que estábamos allí, dormí y descansé como si no hubiera mañana...
Por mucho que el albergue estuviera lleno, las camas fueran incomodas o sólo hubiera un par de duchas para la veintena de personas que estábamos allí, dormí y descansé como si no hubiera mañana...
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.