“La única manera de descubrir los límites de lo
posible es aventurarse un poco más allá de dichos límites, en lo
imposible”. Segunda ley de Arthur C. Clarke.
(tiempo de lectura medio estimado, sin links: 1 min y 20 segs)
La semana pasada nos despedimos de uno de los proyectos espaciales más prolíficos tras 13 años de investigación: La sonda Cassini se desintegraba en la atmósfera de Saturno.
Ha estado 13 años enviando fotografías y datos de Saturno, sus anillos y sus lunas, ofreciendo nuevos datos y cambiando paradigmas como el que afirmaba que era necesario estar a la distancia exacta, con poco margen, del sol para poder albergar vida. Cassini envió datos que hacen pensar que hay océanos de agua líquida bajo la superficie de las lunas de Saturno, lo que amplia el rango de distancia de planetas frente a su estrella con capacidad de tener vida.
El final de la misión ha sido una despedida a lo grande, con la sonda estallando en llamas y convirtiéndose en una estrella fugaz en la superficie de Saturno. Ya sin combustible y sin capacidad casi para maniobrar, decidieron que se acercase al propio planeta, entrar en su atmósfera y tomar las últimas fotos épicas. Su destrucción, también calculada, se debe a la decisión de evitar riesgos y no contaminar accidentalmente algunas de las lunas que había estado estudiando.
Detrás de este trabajo, de esta documentación y de una cantidad ingente de datos, ha habido miles de profesionales dedicados durante 30 años que ha durado el proyecto. Para algunos casi un hijo, toda una vida. No ocultan las peleas constantes entre ciencia e ingeniería, pero lo que ha conseguido ha sido unir esas dos disciplinas para acercarnos un paso más allá en la profundidad del espacio.
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