viernes, 17 de junio de 2016

"Cantadores" de cuentos

"Tagh do chomhluadar ma'n tagh thu do dheoch"
"Escoge tu compañía antes de escoger la bebida".
Proverbio irlandés
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 55 segs) 
 
 
Cuando hacíamos excursiones a Dublin teníamos un sistema paralelo de control. Por un lado, el director del curso y su contraparte irlandesa, organizaban visitas o excursiones guiadas, quien quisiera apuntarse iba con ellos y estaba todo el día a su lado. Por otro, especialmente para los más mayores, les concedíamos más libertad, ir por la ciudad sin la habitual, sempiterna, compañía de los monitores. Eso sí, cada monitor se hacia cargo de 10 o 12 personas y establecía checkpoints cada 2 horas. Uno de los motivos por los que el curso tenía tanto éxito año tras año era que los estudiantes tenían siempre un respaldo cercano.

Uno de mis puntos preferidos para el checkpoint con mis estudiantes era una de las plataformas sobre el rio Liffey. Un lugar que siempre me ha gustado especialmente. Dado que todos se movían por esa zona, les era cómodo y yo les daba una ventana de 20 minutos para aparecer (mientras me comía mi sándwich), flexibilidad que agradecían mucho porque así no cortaban ninguna actividad.

Como mi horario con ellos era muy intensivo a lo largo de la semana, para airearme, y que ellos se airearan de mi, aprovechaba para deambular yo solo por Dublín. Dejando anécdotas tan surrealistas como meterme en una cafetería con forma de Iglesia, en un esquinazo entre dos calles secundarias, sentarme agradecido en el jardincito soleado y comprobar, horrorizado, que estaban sirviendo las comandas sobre mesas que eran viejas lápidas apiladas. Tras preguntar al camarero, me confirmó que era una Iglesia desacralizada y que su “jardín” era el antiguo cementerio, que no había nada simulado y todo era real, antiguo, pero real.

Otra de las veces debí meterme, sin ser consciente de ello, en un barrio más deprimido, muy desgastado, donde se mezclaba un aire más añejo con algunas pinceladas de modernidad que seguro respondía a intentos de revitalización del barrio. Un viejo cartel señalaba un pub pequeño y estrecho entre dos edificaciones recién pintadas. Mi sorpresa fue ver que era bastante acogedor, con olor a cerveza y a madera vieja. Pedí una Guiness, la mejor que he tomado nunca, y me senté en una mesa para degustarla. Poco a poco fue llegando gente muy variopinta, hasta que un par de tipos, aparentemente jubilados, me pidieron permiso para sentarse conmigo. Después de que rompieran el hielo, empezamos a charlar. En un momento dado alguien se puso de pie varias mesas más allá de la nuestra. Se hizo el silencio. Ni siquiera se escuchaba el tintineo del cristal por el trasiego de jarras. Y arrancó a cantar en gaélico algo extremadamente melancólico con voz rasgada. No lo entendí, pero pude observar que hasta el barman, un tipo fornido con la nariz deformada, intuyo que por los golpes, y con el ojo morado de una pelea reciente, se bebió medio vaso de Jameson de un trago y dio un significativo golpe sobre la mesa con la palma abierta.
 

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