"Escoge tu compañía antes de escoger la bebida".
Proverbio irlandés
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 55 segs)
Cuando hacíamos
excursiones a Dublin teníamos un sistema paralelo de control. Por un
lado, el director del curso y su contraparte irlandesa, organizaban
visitas o excursiones guiadas, quien quisiera apuntarse iba con ellos
y estaba todo el día a su lado. Por otro, especialmente para los más
mayores, les concedíamos más libertad, ir por la ciudad sin la
habitual, sempiterna, compañía de los monitores. Eso sí, cada
monitor se hacia cargo de 10 o 12 personas y establecía checkpoints
cada 2 horas. Uno de los motivos por los que el curso tenía tanto
éxito año tras año era que los estudiantes tenían siempre un
respaldo cercano.
Uno de mis puntos
preferidos para el checkpoint con mis estudiantes era una de las
plataformas sobre el rio Liffey. Un lugar que siempre me ha gustado
especialmente. Dado que todos se movían por esa zona, les era cómodo
y yo les daba una ventana de 20 minutos para aparecer (mientras me
comía mi sándwich), flexibilidad que agradecían mucho porque así
no cortaban ninguna actividad.
Como mi horario con ellos
era muy intensivo a lo largo de la semana, para airearme, y que ellos
se airearan de mi, aprovechaba para deambular yo solo por Dublín.
Dejando anécdotas tan surrealistas como meterme en una cafetería
con forma de Iglesia, en un esquinazo entre dos calles secundarias,
sentarme agradecido en el jardincito soleado y comprobar,
horrorizado, que estaban sirviendo las comandas sobre mesas que eran
viejas lápidas apiladas. Tras preguntar al camarero, me confirmó
que era una Iglesia desacralizada y que su “jardín” era el
antiguo cementerio, que no había nada simulado y todo era real,
antiguo, pero real.
Otra de las veces debí
meterme, sin ser consciente de ello, en un barrio más deprimido, muy
desgastado, donde se mezclaba un aire más añejo con algunas
pinceladas de modernidad que seguro respondía a intentos de
revitalización del barrio. Un viejo cartel señalaba un pub pequeño
y estrecho entre dos edificaciones recién pintadas. Mi sorpresa fue
ver que era bastante acogedor, con olor a cerveza y a madera vieja.
Pedí una Guiness, la mejor que he tomado nunca, y me senté en una
mesa para degustarla. Poco a poco fue llegando gente muy variopinta,
hasta que un par de tipos, aparentemente jubilados, me pidieron
permiso para sentarse conmigo. Después de que rompieran el hielo,
empezamos a charlar. En un momento dado alguien se puso de pie varias
mesas más allá de la nuestra. Se hizo el silencio. Ni siquiera se
escuchaba el tintineo del cristal por el trasiego de jarras. Y
arrancó a cantar en gaélico algo extremadamente melancólico con
voz rasgada. No lo entendí, pero pude observar que hasta el barman,
un tipo fornido con la nariz deformada, intuyo que por los golpes, y
con el ojo morado de una pelea reciente, se bebió medio vaso de
Jameson de un trago y dio un significativo golpe sobre la mesa con la
palma abierta.
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