"Tal vez haya a su lado un hombre o una mujer, solos o acompañados, mojando un churro en la taza, despachando un pincho de tortilla o
tomándose una aspirina. Tipos normales, como usted o como yo. Gente de
infantería. Obsérvelos de reojo y con respeto, porque nunca se sabe.
Quizá esté mirando a un héroe." Arturo Pérez Reverte - "Retrato de un héroe"
(tiempo de lectura medio estimado, sin links: 2 mins y 55 segs)
Aunque la antropología no es uno de mis temas favoritos, el post del martes ha sido de los que más he disfrutado escribiendo. Durante las sesiones de lectura e investigación he ido comprobando que el hallazgo de un trozo de mandíbula en determinado lugar puede hacer cambiar las teorías sobre el comportamiento de nuestros ancestros. Es un campo abierto donde, a la fuerza, deben funcionar las suposiciones ante la presencia de pocas certezas inmutables. Como eso deja mucha libertad, hagamos un ejercicio de abstracción y pongámonos en situación:
Somos una tribu de cazadores que está recorriendo un paraje indeterminado un millón de años antes de escribir/leer estas líneas. Llevamos una bolsa con algunas lascas de piedra y en las manos palos de madera con puntas toscamente afiladas. Después de un largo día siguiendo a una presa, y una noche de avanzar metro a metro buscando los rastros, empieza un nuevo amanecer.
Rumiamos tubérculos crudos. Están amargos. Tenemos prisa por acabar.
Un compañero gruñe, ha encontrado algo. Unas pisadas, tres huellas firmes y una más superficial. Hemos dormitado sólo algunos minutos en toda la noche. Llevamos días privados de proteínas y casi sin agua. Pero la presa tampoco ha podido dormir. Ni beber. Y ya cojea. Hoy conseguiremos carne.
El calor aprieta. Llegamos a vislumbrar a nuestra presa. Lo hacemos varias veces a lo largo de la mañana. Casi podemos saborear ya la carne. El sol está más alto. La temperatura sube. Agarramos las lanzas con fuerza. Los nudillos blancos. Y no paramos. Seguimos trotando.
Y pronto el color también se evaporará de nuestras caras. El aullido largo y prolongado de un depredador ágil y fuerte, más que nosotros, rompe el silencio. Un breve gañido nos alerta, la presa está cerca, pero ya no es nuestra. Otros aullidos se unen al primero. Contra eso no podemos hacer nada. Agachamos la cabeza y nos alejamos, quizás queden algunos restos después, quizás haya que volver a localizar otra presa y empezar el proceso desde cero.
¿Cuantas veces no se habrá dado esto? Que nuestros ancestros, todavía sin flechas o lanzas capaces de perforar pieles gruesas, corriesen horas, días, tan sólo para llegar justo a tiempo de ver que otros depredadores conseguían el premio, y las preciadas proteínas.
El caso es que son ellos, los que no pararon de correr, los que no cedieron ante el desánimo, los que vivieron. Los que nos transmitieron los genes, los que pusieron las bases para lo que somos ahora. Tendrían sus momentos de maldecir en gruñidos, o de estar a punto de rendirse. Pero ya sea por cambiar una situación personal desfavorable, por emprender un nuevo proyecto, por sacar adelante a los tuyos o por hacer funcionar una empresa que te quita horas y horas de sueño, suena un poco a libro de autoayuda, pero en realidad lo llevamos entroncado en nuestro ADN, al final los que ganan son los corredores de fondo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.