"¡Ojalá fuese posible erradicar de nuestra vida para siempre esta maldita hambre de oro!" Plinio el Viejo.
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La atracción por el oro era algo tangible en la edad antigua, por su resistencia a la sal y al vinagre, su brillo, su maleabilidad que permitía moldear adornos y joyas, o por su resistencia al desgaste. Una de las razones de la expansión romana fue la búsqueda de minas, y son famosas sus infraestructuras para explotarlas. Plinio, quien abre el post con una sorprendente frase, pedía volver al trueque de “cosas por cosas” en su Naturalis Historia dado que consideraba un tanto enfermiza esa obsesión áurea.
Los exploradores españoles tuvieron también su conato de fiebre del oro en una recién descubierta Sudamérica, enviado grandes expediciones a la muerte sólo por seguir rumores de ciudades enteras engalanadas con este preciado metal.
Pero sin duda la que más eco ha tenido, gracias quizás a su faceta más televisiva, es la que miles de pequeños mineros llevaron a cabo en 1850 en EEUU. El detonante fue la creciente facilidad para las comunicaciones en un país con grandes extensiones de terreno sin explorar y cierto descontento social. De entre todas las materias primas, el oro destacaba por ser el material tangible en el que se basaba el sistema monetario internacional.
Actualmente el oro, más allá de ciertas aplicaciones industriales, sigue siendo el bien tangible en el que refugiarse, especialmente desde el abandono del patrón oro. Su precio tocaba techo en verano de 2015, cuando Grecia plantaba cara a Europa con las condiciones de financiación, y los rumores del fracaso del Euro se extendían en los mercados. Una vez solventado el problema político, y con una Europa fortalecida, el precio del oro empezó a caer. Ahora, de nuevo, con la desaceleración de China y con varios indicadores señalando una nueva crisis mundial, el oro ha vuelto a ser apetecible y su valor ha vuelto a subir considerablemente (en Diciembre de 2015 se valoraba en 34.000 $/kg, hoy está valorado en 38.400 $/kg).
Se habla de una nueva fiebre del oro, su alto precio y la crisis generalizada ha llevado a pequeños empresarios cuyos negocios han echado el cierre a invertir en terrenos y en maquinaria para buscar pepitas de oro en superficie procesando millones de metros cúbicos de tierras y lodos, arrasando de paso grandes extensiones de selva virgen y dejando eriales en su camino. En teoría, la mayor parte de ellos firman un contrato con una clausula de reforestación, pero un alto porcentaje fracasa en su intento, encuentran poca cantidad de oro respecto a la inversión inicial y a menudo quiebran dejando la concesión a medio explotar.
Pero, y aquí está lo interesante, la verdadera fiebre del oro al más puro estilo del Lejano Oeste empezó hace un mes con la firma, por parte de EEUU, de una nueva ley que establece que todo aquel que llegue a un asteroide y sea capaz de explotar sus recursos, será el dueño del contenido de dicho asteroide y tendrá plena potestad para vender los elementos resultantes. No se espera que sea algo inmediato, pero grandes empresas privadas empiezan a desarrollar programas de minería espacial y que el gobierno de EEUU establezca unas reglas significa que esto va en serio. Se avecinan apasionantes retos para la ingeniería.
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