martes, 16 de febrero de 2016

Impresión 3D

“El progreso de los hombres es siempre aspiración a la universalidad”. Gregorio Marañón.

(tiempo de lectura medio estimado: 1 in y 25 segs)


Aunque pocas empresas confían en la impresión 3D, al menos de momento, lo cierto es que el potencial es enorme y los materiales muy diversos, con un repertorio que aumenta por cientos año a año. Ya no sólo es un juguete caro que permite imprimirte una vajilla de plástico (como nos demostraban hace uno años), ahora incluso tiene materiales avionables que imprimen piezas con carga estructural. Es decir, se hacen piezas esenciales en aviones con las numerosas certificaciones que hace falta para eso.

Reduce el coste del mecanizado tradicional, se reduce la cantidad de material necesario y aumenta la precisión de ciertos acabados. Con un diseño inteligente disminuye ostensiblemente la necesidad de postprocesado, obteniendo piezas con un acabado muy cercano a la necesidad real. El principal problema: el tamaño de las piezas es limitado. Cuanto más grande sea el volumen a imprimir, más inestable será la propia impresora y más necesidad de calibrados y recalibrados. Ya existen impresoras industriales de gran tamaño, incluso existe una impresora que imprime casas con cemento, pero la necesidad de precisión en estos casos no llega a ser tan acuciante y las tolerancias son suficientemente amplias.

Pero, lejos del mundo más industrial al que estoy acostumbrado, las impresoras 3D hoy han traído una noticia sorprendente: se ha impreso un órgano humano. En 2014 lo tildaban de futuro prometedor y hoy es realidad. El hito, más concretamente, es haber impreso una oreja humana y que esta generase vascularización una vez trasplantada a un roedor. Más allá de una perturbadora imagen, supone que la supervivencia de los órganos impresos es una realidad pues se integrarían en el cuerpo del paciente.

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