viernes, 22 de julio de 2016

quad

"Me temo que su hijo tiene el Don. Es una extraña disfunción caracterizada por una gran intuición en todo lo relacionado con la mecánica y la electricidad. Y una profunda ineptitud social. No podrá llevar una vida normal... será ingeniero". Scott Adams, en su tira cómica Dilbert.

(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 40 segs)


El fin de semana pasado tuve la despedida de soltero de uno de mis mejores amigos. A nuestro estilo. Nos juntamos los amigos y nos fuimos a una casa rural donde disfrutamos de unas cuantas actividades multi-aventura.

La tarde del sábado tocó ruta en quad. Nunca lo había probado, ni siquiera he montado en moto, y debo decir que es francamente emocionante. Aunque el primer tramo era por asfalto, pronto nos metimos por caminos con bastantes baches, bancos de arena y rocas. Incluso con el casco completo puesto y cerrado era capaz de escuchar rugir el motor, especialmente cuando mi pulgar apretaba el acelerador al máximo y el quad parecía volar sobre el suelo.

Se que parte de la emoción es precisamente escuchar el motor rugir entre tus piernas, con el calor emanando y el ralentí nervioso incluso en las paradas. Pero en un momento en el que casi me salgo en una curva por culpa de la polvareda levantada por aquellos que iban delante mía, con el polvo cubriendo mi vehículo, y casi a mi mismo, casco incluido, empecé a pensar en los filtros de aire para la combustión del motor. Esto es como ser policía, uno no deja de ejercer por no estar en el trabajo. Se es ingeniero 24 horas al día. Pensaba en lo endiabladamente difíciles que deben ser de mantener. Más tarde, en la ducha, sacaba polvo de las piernas, que había llevado cubiertas por unos pantalones largos y gruesos, un mono completo encima, metido por dentro de las botas, ¿cómo no acabará el filtro que está más expuesto y durante mucho más tiempo?

Mi hilo de pensamiento se interrumpió por un tramo en el que las ruedas de la derecha iban 20 centímetros más altas que las de la izquierda y tuve que mantener toda mi atención en seguir la linea del terreno y el cuerpo inclinado. Pero al volver a terrenos más fáciles, concretamente al atravesar un pueblo, donde la gente nos miraba con aire de resignación, supongo que harta de ruidos y de convoyes de quads, fui calculando mentalmente la potencia necesaria en un motor eléctrico que ahorrase ruido y la necesidad de mantener los filtros, incluso añadiendo un factor de ahorro en combustible al poder cargarlo con paneles en la base de actividades, en un lugar claro y despejado, sobredimensionando su capacidad para no sacrificar parte de la gracia de conducir una especie de ser vivo no del todo previsible.

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