"Vamos a plantearnos que estamos todos locos, eso explicaría como somos y resolvería muchos misterios" Mark Twain
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Ocasionalmente, al acercarme a limites de estrés muy altos, me pita un oído. Un poco de estrés es bueno, te ayuda a estar centrado, a punto, pero el pitido es la primera reacción de mi cuerpo para avisarme de que he sobrepasado mi cuota y que en unas horas, o días como mucho, mi trabajo va a empezar a bajar en calidad y eficiencia. No suele pasarme, pero cuando sucede es mejor hacer caso. Trabajando por mi cuenta, teniendo que afrontar casi solo diferentes proyectos, gestionar fechas y solventar problemas emergentes me ha hecho empezar a conocer ciertas respuestas de mi cuerpo. Y también como afrontarlas.
Cuando me pita el oído se que al día siguiente debo buscar un rato, 45 o 50 minutos, para tomar medidas si quiero seguir trabajando al mismo nivel. Tengo hobbies y actividades que ayudan a desconectar en jornadas normales, cuando sólo es cansancio, pero cuando tengo ese estrés más intenso generalmente sólo me funciona el enfundarme las deportivas, ponerme los cascos con la opera de Carmina Bourana y salir de casa en plena noche para ver el amanecer mientras esprinto en el momento álgido de la pieza. No me va mucho la opera, pero por alguna razón esos 5 minutos en concreto me hacen llevar al cuerpo por encima de su capacidad habitual casi sin darme cuenta, bastante más de lo que normalmente hago en mis sesiones de ejercicio eventuales. Después de eso puedo afrontar el trabajo con renovadas ganas y energía.
Lo he hablado con más gente, y quien más y quien menos tiene sus herramientas para eliminar ese estrés. Un amigo apasionado del motor suele coger su coche de alta potencia y planificar un día en un circuito para poner su coche a 200 km/h. Un lector del blog me comentó que él arrastra una costumbre desde su paso por Japón y es salir a beber hasta tarde con algún compañero (con las limitaciones socioculturales, claro). Una chica encantadora que conocí en un viaje en autobús llevaba poco tiempo en Madrid y su recurso era ponerse cómoda y caminar por la ciudad. Otro amigo muy cercano lo tiene hablado con su pareja, que en esto se muestra muy comprensiva, y se encierra en una habitación a jugar a la consola, un comportamiento en común con dos marines de EEUU con los que charlé hace unos meses. La idea es encontrar esa ruta de escape.
El otro día un antiguo contacto rescató mi email y me pidió ayuda con cierto tema. Es probable que sea el peor momento en años para desviar mi atención unas cuantas horas al día, pero le di mi palabra y me comprometí hace meses, y uno no debe dar su palabra si no tiene intención de mantenerla. Así que he movido toda mi planificación para ayudarle.
A principio de esta semana, tras cuatro días de jornadas de 16 horas me empezó a pitar el oído. Arrastro un ligero dolor de pie de una mala pisada en una sesión de ejercicio rutinaria, así que salir a correr era un poco agresivo. He optado por mi plan b, me he vendado el pie para que no moleste demasiado, puesto ropa térmica por el frio, calzado impermeable y el reproductor de música cargado con Ludovico. Y al acabar lo planificado para el día, a las 11 de la noche, he salido a caminar a las afueras. Hay algo de hipnótico en caminar por calles vacías, en bordear el límite de la ciudad con el campo donde el frío muerde con más ganas, en cruzar parques apenas iluminados. Aunque parezca raro, funciona y me relaja para poder volver a trabajar con ganas.
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