"Dos veces vence el que se vence a sí mismo."
Publio Siro
(tiempo de lectura medio estimado: 2 mins y 10 segs)
El primer día de universidad nos reunieron a todas las ingenierías
en el auditorio y nos dieron una terrible charla. Tan sólo un 10% de
los que estábamos allí acabaríamos por conseguir el título. Si
pienso en los que empezamos en mi carrera, y luego en los que
acabamos, creo que estuvimos por encima de ese porcentaje, no
demasiado, pero por encima. Y desde luego eso de acabarla a curso por
año sólo le estaba “permitido” a uno o dos por promoción.
Estoy bastante seguro de que las siguientes promociones fueron
aumentando ese porcentaje, a medida que se acercaba la obligación de
adaptarse a Bolonia y mientras algunos departamentos levantaban la
mano e incluso examinaban con los exámenes del nuevo plan, más
sencillos que los del plan antiguo (al menos en ese momento), a otros
departamentos les daba igual. Hubo una asignatura que llevé hasta
sexta convocatoria, a un paso de no ser ingeniero por una asignatura,
y su profesor, un catedrático de viejo cuño, al margen de los
politiqueos universitarios, afirmaba que llevar a inútiles al mundo
laboral era demasiado para su conciencia, y que todo aquel por debajo
del 5 era un suspenso, sin excepciones. Por si dudase de sus
palabras, suspendí en dos ocasiones con 4.8 y 4.75. Y suspendí yo,
no me suspendió nadie, ni se suspendió la asignatura ella sola.
Por aquel entonces ya trabajaba de becario en Investigación,
consiguiendo una preciada experiencia y unos preciados recursos
económicos para terminar de pagar mis estudios. Algún profesor me
comentó la posibilidad de pedir una segunda corrección por parte de
otra persona del departamento, quizás alguien que sí valorase
parcialmente los problemas con una solución bien planteada aunque
mal resuelta numéricamente. Y me negué.
Soy competitivo hasta cierto punto, me gusta ganar y me empeño en
ello, pero soy consciente de mis limitaciones. Si me propusieran
competir en tiros libres con Cristiano Ronaldo, y por muy seguro que
me sintiera de mi mismo, no tendría sentido venirme abajo por
perder. Pero ese examen estaba dentro de mis posibilidades, y quería
demostrarme que podía con ello.
Mi jefa era extremadamente comprensiva con mi tiempo de estudio, sólo
me pedía que hiciera mi trabajo bien y que cumpliese puntual con las
dos tareas semanales programadas que eran visibles fuera de la
oficina. Más allá de ello, confiaba en mi, sabiendo que le
dedicaría las horas necesarias para hacer mi labor de la mejor forma
posible, esa confianza también me espoleaba para hacer mi trabajo lo mejor posible, quitándome horas de dormir si era preciso. Así que sólo tenía esa asignatura con peso propio y la
capacidad casi absoluta de organizar mi tiempo durante 3 semanas.
Me aprovisioné con 100 euros en café y red bulls, y gasté un
paquete de folios haciendo problemas una y otra vez, reescribiendo
apuntes y redactando páginas y páginas de notas de libros más allá
de los apuntes de clase (el bolígrafo BIC apenas se inmutó, ¿alguna
vez se gastan?). No recuerdo si fue el director del departamento, o
algún profesor, que me avisó a mi extensión telefónica de que ya
estaban los resultados. Intentaba aparentar tranquilidad, pero metí
mi clave nervioso.
Me desmadejé en mi silla al ver el 8.5 al lado de mi nombre.
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