"No valores el trabajo hasta que acabe el día y la tarea esté hecha" Elizabeth Barrett Browning
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 50 segs)
El miércoles viví en primera persona algo que, por pura casualidad, tiene relación con lo que escribí el martes. Iba en el metro, según nuestro convoy arrancó y salía de la estación, vi pasar gente corriendo despavorida por el anden. Avanzó hasta la siguiente estación y fue cuando fueron audibles para nosotros los avisos de desalojo.
En primera instancia pensé que se había quemado un transformador, mientras empezamos a desalojar los vagones vi que los ascensores estaban desactivados y reforzó mi primera impresión. Pero ya vi a un par de chicas llorando y gente corriendo a empujones, mientras que la mayoría estaba tensa pero se comportaba, algunos pasajeros estaban muy nerviosos, tanto que decidí ponerme detrás de dos señoras para subir las escaleras, sólo faltaba que se cayesen por algún empujón (y de hecho, yo me llevé algunos bastante intensos en el proceso). Subí más lento, pero nada indicaba que hubiera un peligro inmediato.
Una vez al aire libre, escuché a dos tipos hablando de que habían atentado contra la linea de AVE y que el metro iba a estar cerrado. Y varias mujeres afirmaban que había sido una bomba en la propia red de metro. A pesar de que mi mente intentase racionalizar todo (¿y las sirenas de ambulacias y policía? Madrid es grande, pero tiene una extraña permeabilidad a las sirenas), empezaba a dejarme llevar por la psicosis colectiva. Cogí el primer autobús que pasó por allí y me dirigí a un intercambiador para volver a casa por carretera, opción más lenta y pesada. No tardé mucho en enterarme de que había sido un "fallo informático" y pude rehacer mis planes sobre la marcha para coger el tren.
Es lo malo del estado de emergencia permanente, el ambiente es más tenso, la gente se pone en lo peor, los rumores más extremos adquieren una repentina credibilidad injustificada. Cuanto más tiempo se pasa bajo la presión constante, más rápido se cometen errores, antes se toman decisiones precipitadas. En el trabajo, o los estudios, pasa un poco igual. Es necesario un poco de tensión (al menos yo tiendo a funcionar mejor con plazos o con un estándar de calidad alto), la ausencia de estrés es negativa, pero su exceso en amplios plazos de tiempo es aún más devastador. Nos hace más propensos a cometer errores, a tener que repetir tareas mal ejecutadas que incurren en sobrecostes y retrasos constantes en los plazos.
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