"Enséñame un héroe y te escribiré una tragedia."
Francis Scott Fitzgerald
(tiempo de lectura medio estimado: 2 min y 45 segs)
Sobre
la energía nuclear tengo varias anécdotas, pero todas giran en torno a
discusiones en las que pesa más el componente ideológico que el técnico, ignorando toda la escala de grises técnicos del tema,
demostrando que en España todo se polariza en el eje izquierda-derecha
menos el fútbol (creo).
Así que voy a optar por algo no personal, una historia que merece la pena conocer sobre los liquidadores de Chernobyl.
En los dos accidentes nucleares que han alcanzando el nivel 7 de la escala INES, el nivel más grave, tuvieron que enviar
personal humano para tratar de frenar la fusión del núcleo. Según cierta
creencia popular, ese personal conocido como liquidadores, suele
incluir gran número de vagabundos, pero lo cierto es que en ambos casos,
el grueso de voluntarios fueron especialistas, trabajadores de la
central y militares. Gente que sabía se encaminaba a su muerte (no
inmediata, pero muy acelerada) pero lo aceptaban como el bien común. En
Japón, por ejemplo, se presentaron muchos voluntarios jubilados, técnicos ya retirados. También hubo trabajadores y personal público, bomberos y militares, que fueron apodados "los 50 de Fukushima" o "samuráis nucleares". En España se les galardonó con el Premio Príncipe de Asturias en 2011 por su valor.
De Chernobyl, con más años para vencer el hermetismo (que
TEPCO mantiene en Fukushima como puede), han surgido historias como la
de los técnicos que se adentraron en la central con el núcleo ya fundido
y que salían bronceados en cuestión de minutos. Turnos de 60 segundos
(sí, segundos) cerca de las zonas más críticas, sintiendo pinchazos en la piel al adentrarse por
los pasillos de la central. No en vano se alcanzaban niveles de radiación cientos de millones de veces superior a la radiación ambiental.
Tres de estos liquidadores, entre ellos uno que había contribuido al diseño de la central, se encaminaron bajo el núcleo. Allí había una piscina con agua preparada para enfriar el circuito primario en caso de rotura de tuberías, pero no para lidiar con un
núcleo fundido que amenazaba con colapsar dentro del agua y convertirla
en una nube de vapor radioactivo con toneladas de Corio que se expandiese por toda Europa. Además del agua que habitualmente almacenaban, se había ido llenando con agua que habían usado para intentar enfríar el reactor tras la fusión, creando una enorme bolsa de agua cargada con radiación de Cherenkov.
La electrónica ya no funcionaba, las placas que no se
habían fundido, literalmente, estaban dañadas por el calor generado en
la fusión del núcleo. Las válvulas que abrirían las compuertas de la
piscina hacia un deposito a salvo tendrían que accionarse manualmente y
para ello había que sumergirse en la piscina. "Los tres de Chernobyl" se dirigieron hacia el interior de la central, a una piscina
bajo el núcleo, dicen los testigos que charlando sobre la familia, el
fútbol o el tiempo que hacía que no se veían, dos de ellos eran técnicos
nucleares experimentados que sabían que, incluso sin contar el núcleo, sumergirse en
una piscina con elementos nucleares era mortal. Lograron su
objetivo y los millones de litros de agua corrieron a otro deposito
antes de que el núcleo cayese allí y esparciera aún más productos
radioactivos en una inmensa nube de vapor.
A partir de aquí la historia se vuelve imprecisa. Dicen que
volvieron, hablando de que el agua tenía una fosforescencia azulada,
para morir poco después. También se dice que después de abrir las
válvulas se quedaron allí sin poder salir. Sea como sea, y siendo conscientes de que hay muchos dramas que nunca se hacen populares, merece la pena
conocer este tipo de historias para reconocer la labor de los
liquidadores anónimos de Chernobyl y Fukushima.
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