"El secreto de la existencia no consiste sólamente en vivir, sino en saber para qué se vive" Fiódor Dostoyevski
(tiempo de lectura medio estimado: 1 min y 10 segs)
Siempre digo que a mi lo que me gusta es una vida tranquila, pero lo cierto es que me siento cómodo en una vida tranquila. La diferencia es un pequeño matiz. Realmente lo que me gusta es tener plazos cortos, dificultades a las que poder enfrentarse, sentirme útil. Ya sea educación, o genética, el ocio me hace sentir culpable si no va precedido de un intenso trabajo que me haga ganármelo a nivel moral.
Las veces que he entrado en un momento valle, sin un objetivo a corto plazo, sin un proyecto claro a largo plazo, me he sentido tranquilo pero, hasta cierto punto, inútil. Me cuesta más arrancar y tomar decisiones. Sentir cierta ansiedad, cierto miedo, es el motor evolutivo, el precio a pagar, para ser resolutivos y avanzar.
Esta actitud, que en principio parece positiva, realmente hace que focalizar en proyecto menos concisos sea difícil. Me está costando coger ritmo para prepararme para los exámenes de ADIF, sin tener una fecha fija en el horizonte, sin jugar con la presión, sin nadie que sepa mis avances, tiendo a dispersarme en otros asuntos. Aunque no sean ocio, no estoy haciendo lo que debo. Sin presión no se priorizar. Le pongo remedio estableciendo horarios espartanos, generando planes estrictos, pero no es ni de lejos igual de efectivo que tener la obligación respirando en tu nuca. Como ingeniero, esto me duele, pero hay veces donde lo emocional puede a lo racional.
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