"El fútbol es un deporte de caballeros jugado por bestias, el rugby es un deporte de bestias jugado por caballeros." Dicho popular sin fuente verificada.
(tiempo de lectura medio estimado, sin links: 2 mins y 20 segs)
Ya comentaba el martes pasado que este blog es un intento de construirme una imagen de marca decente. Estoy preparándome unas oposiciones y traduciendo un manual de alemán a inglés, y el tiempo da de si lo que da de si, pero aunque tenga desactualizado el CV y linkedin (espero poder solventarlo en breve), trato de mantener mi ritmo constante de publicación en el blog. No siempre es fácil, hay temas que sólo he escuchado de pasada y antes de publicarlos debo documentarme durante horas para evitar errores de bulto, que aún así asumo que alguno se me escapa. Es un riesgo exponerse tanto, pero me puedo definir mejor aquí que en dos páginas de currículo.
Aunque el tema de la imagen de marca lo estudié en el MBA, lo cierto es que yo ya sabía de su efecto, no tanto enfocado a las redes, como ahora, pero sí de cuidar la imagen en situaciones adversas. Uno de los veranos que estuve en Irlanda, el hermano de la familia que me alojaba, un militar de aspecto fiero pero de carcajada fácil, disfrutaba de su permiso de dos meses jugando una liguilla local de rugby. Si el día anterior no había sido demasiado duro, ni demasiado pasado por agua, me levantaba pronto para salir a correr por el barrio antes de ir a trabajar y, como ahora, siempre acababa con un sprint. Una de las mañanas se vino conmigo y al ver mi sprint me dijo que con mi altura, mi complexión y mi velocidad les vendría bien en el equipo, aunque mi resistencia con el alcohol estuviera en entredicho. Nunca supe porque dije que sí, probablemente las endorfinas, cuando nunca antes había practicado este deporte y allí no son especialmente cariñosos como para ser mi primer paso, pero lo cierto es que fue muy divertido y apenas me llevé unas (muchas) magulladuras en la media docena de partidos que jugué.
Uno de los días me llevé un golpe tremendo que me hizo rodar varios metros sobre el césped, mientras rodaba comprobé que había podido pasar el balón a un compañero que corría unos metros por delante a mi derecha. Tampoco tuvo suerte y también le placaron. Cuando pude levantarme, casi sin resuello, comprobé que él no se levantaba y que le empezaba a manar sangre desde la ingle. Se paró el juego y se lo llevaron al vestuario donde había preparado una enfermería improvisada. En el golpe se había rajado la bolsa escrotal, apenas un par de centímetros, nada realmente serio pero que hizo que todos nos mareásemos un poco. A los pocos minutos salió dispuesto a seguir jugando, sonriente, con la herida cosida y bien acolchada para evitar nuevos golpes. Tanto un equipo como otro trató de disuadirle, pero nos pidió por favor que siguiéramos. No hubo que insistir mucho para que todos volvieran a sus posiciones.
Durante el tercer tiempo, que es como se llama a irse de cervezas con los contrincantes después del partido, le pregunté si no fue una locura salir a jugar de nuevo, que al fin y al cabo no nos jugábamos nada. Y me dijo que sus dos hijos pequeños estaban mirando desde la grada junto a su ex-mujer y que para ellos quería seguir siendo un héroe, un Wayne Shelford. A la semana siguiente vino a buscarme para decirme que llevaba varios días sin que sus hijos se quisieran separar de él, incluso yendo a trabajar, y que hablaban con orgullo de ese partido a todo el mundo con el que se cruzaban. Una inversión en imagen personal con muchos riesgos, pero con un resultado muy positivo.
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